A la altura de los hechos

Pon tu frente sobre mi frente y tu mano
en mi mano.
Y hazme los juramentos que romperás
mañana.
Y lloremos hasta que amanezca,
mi pequeña fogosa.

Paul Verlaine.

A veces me creo y no.

Otras tantas me perdono no llorar la realidad de lo obvio. Hace mucho que dejé de llorar la potestad inútil de la palabra y su pecado virginal.

¿Qué nos empuja a la clausura? ¿Qué nos imprime esa aura incandescente de viejos albores? Algo yace inmóvil. Algo que nos sujeta el ánimo hasta la parálisis mientras arañamos la lluvia que apenas nos satisface, mientras la necesidad juega a fulgir un verdor de trepadora en la memoria.
Una memoria construida en la anticipación de una noche caníbal donde el sexo se sujetaba al amor en un abrazo endémico.
La noche, un mínimo gesto que no me causa más desorden que volarme bajo el pecho.

Alguna vez podría abandonar todo gesto hostil, todo símbolo que me preceda protegiéndome de malherirme. Podría y no.
Podría ensayar gestos sustitutos que se inicien, que prosperen, que se filtren por complacencia. Podría y no. Un no silabeado en miles de oscuridades izadas cuando mis huesos me hablan de miles de visiones antecesoras.
Quisiera suponer una gran rebelión de mi parte, un negarme nacido desde el pozo del alma y con el cuerpo asintiendo, tocarte.
Tocarte de cerca, apenas cerca como una emboscada que intuyes y no eludes. Una artimaña de trama compleja, de peligrosa confianza.

Lo cierto es que no me caben los ojos en tanta ternura y en el nombre de tu nombre me hiere el costado una sangría de renuncias prodigiosas que no mareamos de goces absurdos.




Cae un Dios que nos mira a los ojos del porvenir, marca de vapor casi fragmentada, la fruición de dos oscuridades escandalosas, agnosia y efeméride del día aquel en que se empezó a arder de cara, de pie...

Vulcano

“hagamos arder
el amor petrificado
hagámoslo correr
implacable, prometeico
como semen de lava percutando
bajo el brocal abierto del diamante”
Gaudeamus (fragmento), Rafael Indi



Amar no es una semilla palidicente
en el légamo de las angustias,
no es un sueño malvivido
de un orgasmo bien logrado
ni un gesto adusto de aristocracia inmóvil.

Amar es la dialéctica de los imprevistos.
Nuestros muertos, adheridos
nuestro juego improbable,
una estadística de actos disuasorios
un ocaso, un corte, una herida sin espanto.
Un diamante verdadero, que dobla la luz
que lo atraviesa, brama el aire,
jubilea la sangre impostada.

No hay amor en magmas de sudor frío,
en fogajes de falso neón
ni en el vano peregrinar
de un sortilegio de runas.

Katia Chausheva

Amar es la medida de los silencios finitos
sin perímetro de fatiga, sin cadena de infortunios:
nuestra promesa de hombres
y tú hombre, tan hombre mío.

Antepalabra



Para hablar hay que superar la tiranía de la velocidad.
Distanciarse del vértigo; superar el miedo; dar inicio a la resistencia.
Esa, “una interminable derrota”
--Camus






No consigo el reposo. La prosa si acaso reflexiva, me sostiene y estructura en este espacio breve de contención fingida. Adoquinado esculpido, roca ígnea que se dispersa con la misma inmediatez en la que no creemos vivir. Si asoma un vestigio de lucidez (herida), un reclamo, un estadio de urgencia se volatiliza sin excusas semánticas; subyacente, la intención de inmortalidad que guarezca la palabra; la fe codiciosa que nos ampare para eternizar lo efímero.
Se aglutina la piel, piel piedra, piel pompeyana ¿Recuerdas? Y cortamos con un filo de frontera, cada cuerpo, cada sombra, cada batalla que libramos, cada tragedia y sus testigos para lindes de nuevos campos y sementales que renueven el sustrato sin pretextos.

Lo sé. Sé que existe un resquicio milenario para el vaho avinagrado de la sangre. Una hendidura primigenia, una grieta de inocencia y lanza. Tal vez, amor, deberíamos habituarnos a la excusa, someternos a la ética de la conformidad y ser testigos de la ausencia, la estupidez, la desidia, y la patética meritocracia de los obtusos.
Me hablas de puentes tendidos al sueño, de fragmentos de amor (y obediencia) y yo te ignoro. Absorta en la epifanía que dicta la ansiedad de mi espíritu, pienso que un antes, perfecto, del final irremediable sería un “tú, yo, una casa de tres muros y el hábito de convalecer durmiendo mi boca ortigada